lunes, 2 de noviembre de 2015

¿Qué Color Llevas?

   Los algodones grises se abarrotaban en un campo superficial y no dejaban ver la bola amarilla que salía todos los días. Yo me preparaba a salir de casa y enfrentar las miradas que me daban las personas por el simple hecho de que mi cabello cambiaba de color espontáneamente y reflejaba mis estados de ánimos o inclusive lo que comía. Esta enfermedad me atacó de pequeña cuando 
sufrí una fractura en el cráneo por caer de un árbol de bellotas, luego de eso todo se convirtió en una pesadilla. Pase días en el hospital y mi pelo se transformó en un tono totalmente blanco, y así paso varios meses. Mi familia se preocupó bastante y los doctores no encontraron explicación alguna, haciéndome exámenes semanales descubrieron que la causa del cambio de pigmentación eran las toxinas cerebrales que mi cerebro expulsaba y que el mayor reflejo de la fractura era la cabeza, los doctores le advirtieron a mis padres que esto podía ser hereditario y que podía conllevar a más problemas con el transcurso del tiempo. Yo era una niña de 7 años y no entendía que le sucedía a mi cabello y por más que me explicaran no podía entenderlo. Le preguntaba diariamente a mi madre por qué en la escuela me llamaban “Fenómeno” o “Niña de Colores” y ella me explicaba que no le hiciera caso que lo que me sucedía me convertía en una niña especial y ellos no lo aceptaban. Muchas veces fui objeto de burla hasta que un día a la hora del receso una niña de pelo rubio se burló de mí y sin saber cómo pude ejecutar mi pensamiento, esa niña de lindos cabellos quedo con un recorte totalmente desfigurado y feo. Todos los niños rieron por unos segundos, luego vino un silencio sepulcral cuando uno de los niños me acuso de brujería y me ataron a un árbol hasta que llegaran mis padres. Después de ese suceso me impartieron clases en mi casa por el daño que podía causarle a otros niños. Así pasaron mis años, ocultándome como si fuera lo que me decían que no era; un fenómeno.
    Ya entrada mi adolescencia me volví más rebelde y mi cabello sufría variaciones de color más constante y menos consistentes. Mis poderes aumentaron y llegue a tal extremo de poder controlar a los animales, con las personas fue distinto no podía controlarlas porque necesitaba de todas mis energías para que solo me pudieran mirar, así que eso no volví a intentarlo. Ya luego de los veinte años todo volvió a ser lo más normal que podía ser. Fui a la universidad y allí me envolví en grupos de personas que le daba lo mismo de como yo era. Allí aprendí a ser yo y a gastar bromas con mis poderes, casi siempre que me reunía con ellos mi cabellos adquirían un tono azul tierno que reflejaba tranquilidad y paz interna. Cuando gastaba una broma mi cabello se tornaba naranja chistoso y tenía que ocultarlo para que nadie se percataba, solo los que sabían cómo era entendían aquel código. Cuando llevaba el cabello amarillo pollito era mejor que ni te me acercaras, porque en ese momento estaba enojada al cien por ciento.
    Ya había salido de casa hacia la universidad, pero el cielo no mejoraba y mi cabello se tornó un violeta opaco lleno de pesadez, iba con la vista en el suelo y no levantaba la mirada, solo observaba mis zapatos blancos y mis mahonés rotos, el abrigo color china por el cual había optado ese día era un poco fuera de contraste, pero aún así era lo más cálido que tenía y mis manos eran témpanos de hielo. Con las manos en los bolsillos caminaba por la calle y mi mochila de lado guardaba mis libros, mi reproductor de música, mi libreta personal donde me gustaban escribir algunos pasajes y adicional en la mochila llevaba algunos frascos de cristales donde me gustaba guardar flores o ramitas que yo misma congelaba con mis manos, a veces le daba un poquito de energía llevándolas a irradiar luz. En las noches todas se encendían y mi cuarto adquiría la apariencia de un bosque iluminado. Absorta en mis pensamientos llegue a la estación del tren y justo cuando me montaba en él, una tormenta se desato y el cielo se vacío a cantaros. Ya protegida en el compartimiento y el mundo puesto en marcha, yo observaba el paisaje cambiante y las gotas escurridizas jugando en el cristal. Mis pensamientos viajaron miles de kilómetros y se posaron en lugares esplendidos, mi cabello se tornó de un marrón con tonalidades verde y una voz retumbo dentro de mí.
-Qué color tan bello.- y una sutil risa.
Yo absorta, salí de los pensamientos y mi cabello verde intenso, ahora denotaba que estaba al tanto. La misma voz volvió a entrar.
-Sé que me escuchas.- me dijo- no te preocupes no te haré daño, estoy tras tuyo, voltea suavemente.
    Yo no sabía qué hacer, era la primera vez que me pasaba algo así y además quien demonio entra a la mente de otra persona y le habla, solo podía ser alguien igual que yo y eso me extasiaba. Deje que pasara algunos segundos, voltee la cabeza para ver quién era el susodicho y  allí estaba él. El chico más guapo que había podido ver, con una sonrisa exquisitamente apacible y ojos aceitunas, nuestras miradas se cruzaron y no pude aguantar más y mi cabello se transformó en un violeta azul. Termine por voltear mi cuerpo y quedamos uno frente a otro, solo divididos por el sillón donde me encontraba. No me salían palabras y a él tampoco; al parecer. Paso algunos segundos hasta que escuche su voz esta vez fuera de mi cabeza.
-Francisco y ¿Tú?- me pregunto con aquella mirada que ya no era verde sino violeta igual que mi cabello y reflejaba algo coqueto.
-Miranda. ¿Tú… Tus ojos son iguales que mi cabello?- le pregunté.
-Sí, por eso te entiendo. Llevo años tratando de controlarlo y lo hago bastante bien, pero cuando hay alguien cerca que me cautiva y consume mis energías no logro controlarlo.- Al terminar de hablar su aliento expulsaba una bola de vapor y las dos ventanas que se encontraban a nuestro lado izquierdo parecían congeladas. Me miro y dijo -¿ves?

   Nos reímos un rato y yo acabe diciéndole si podía sentarme a su lado para conversar mejor y que yo no pareciera una chica loca. Acepto y así pasamos el resto del trayecto. Al llegar a la estación me sorprendí que él se bajara en la misma estación. Antes de que nos despidiéramos el me invito un café y allí fuimos a parar. Ahora está frente a mí, escribiendo en su libreta y yo le sigo los pasos con mi respectiva libreta.