lunes, 5 de octubre de 2015

Cuando los monstruo no salen del armario.

    ***Nota del autor: Para muchas personas está entrada puede ser un poco delicada. Pido discreción. Gracias por su apoyo.***

   El atardecer se convertía en noche y aquel prado lleno de trigo se transformaba en una planicie dorada. Fabiana caminaba por un sendero con sus botitas de hule color rojo y dejaba a su paso una pequeña estela luminosa. El viento soplaba y movía su cabello semejante al color del trigo. Llevaba unas florecitas en su cabeza y hacían una corona como si fuera la princesa de aquel campo; y lo era. El sol del atardecer y la luna que pronto se asomaría le pertenecían, igual que aquel prado de trigo y las estrellas que esa noche vería. Fabiana se encontraba en el mundo que había creado para escapar del nuestro. Aquel mundo era creado por su imaginación extraordinaria y la madurez forzada. A sus 10 años era una niña muy inteligente, astuta y elocuente, aunque por dentro retenía un mundo inocente negado a crecer. Aquel mundo solo afloraba en sus sueños y era donde ella actuaba teniendo su edad. Fabiana solía encerrarse en ella cuando menos lo esperabas a veces en el autobús camino a su casa observaba por la ventana y se escapaba un rato. Bastaba un ínstate para que ella se transportara a una playa y volara un cometa, todo eso desaparecía al llegar a su destino y volver a retomar la realidad. Al entrar a su casa los fantasmas de las discusiones la acaparaban y las lagartijas de antaño la abarrotaban con sus preguntas. La familia de ella era pequeña comparada con los del vecindario. Tan solo eran 5 personas; su madre, el padre, sus hermanos gemelos y ella. En algún momento fueron 6, pero su hermana mayor se había suicidado por situaciones que habían sucedido y que Fabiana conocía, pero sabía que no le iban a creer jamás. Ahora se encontraba en su mundo, donde solo ella podía entrar. Muchas veces la acompañaba un peluche que le había pertenecido a su hermana, pero ese día no le acompaño.

    Ya el atardecer había menguado y el campo dorado había palidecido convirtiéndose en un prado oscuro. La oscuridad consumía todo y aunque Fabiana no tenía miedo, imagino una linterna de gas y esta apareció a sus pies. El cielo estrellado la cuidaba y los trigos la ocultaban,  esta sabía que llegaba la hora de aventurar.  Sus botas de hule se estrellaban contra el suelo y las luciérnagas emprendían un viaje elevándose así en una nube de luz. Desde las alturas era un espectáculo magnifico, miles de puntitos que se iban convirtiendo en una nube densa que podía confundirse con una ciudad una ciudad muy luminosa. Para Fabiana aquello era diversión y apenas comenzaba. Los grillos y otros insectos nocturnos comenzaron con su canción, mientras ella paseaba  y observaba todo. Entró en un bosque algo denso, pero de inmediato afloraron luces de los árboles y frente a ella se abrió un prado donde correteaban algunas ardillas y mapaches. Un búho de ojos amarillos la observaba desde un árbol. Allí  en aquella planicie verde, ahora iluminada por un tenderete de luminarias, ella corría con sus botitas y su traje blanco que hacían juego con una corona de flores adornaba su cabecita y combinaba con el color café de sus ojos. Frente a Fabiana un castillo de juguete se acrecentó e inmediatamente se asustó. Ya sabía lo que significaba. Como en todo mundo, existe la maldad y su mundo no estaba exento. Allí había un monstruo que la quería para él, era una bestia enorme, semejante a un hombre, pero con tres brazos, un rostro oculto que solo dejaba entrever unos dientes chuecos y amarillos por los cigarrillos que fumaba, tenía dos piernas y tenía una lengua semejante a la del colibrí, la cual usaba para amenazar a Fabiana. Aquel monstruo quería hacer feliz a Fabiana y no dejarla ir. El castillo que estaba frente a esta fue regalo del monstruo y ella lo disfrutaba en nuestro mundo, pero en aquel mundo no se atrevía entrar porqué sabía que podía ser una trampa. La estructura era muy tentadora, pero la Fabiana de nuestro mundo se lo impidió y la hizo ir a un lugar que le iba a gustar. Salió de aquel prado y se introdujo al bosque por un sendero color verde fluorescente y luego de 2 minutos llegó a un riachuelo de un magnifico azul claro con una cascada refrescante. En aquel riachuelo las mariposas aleteaban, las libélulas se alimentaban de las plantas acuáticas y unas pequeñas ranas saltaban por doquier. Los nenúfares colmaban las orillas y resplandecían al tocarlos, los peces eran muy llamativos e irradiaban luz, Fabiana deseaba que aquello siempre fuera así, pero ella sabía que al crecer aquel mundo se iría actualizando y quién sabe si algún día ella estaría allí en alguna de esas rocas, sentada, pintando aquel riachuelo o simplemente aquello desaparecería. De un momento a otro los peces dejaron de esparcir el resplandor y el riachuelo quedo a oscuras. La señal era para que Fabiana se fuera, el monstruo venía a por ella. La niña sabia donde ocultarse y salió a la huida. Pasó por lugares que ella estaba consiente que eran buenos escondites, pero sus pies la volvían a traicionar y la arrastraban a la fuerza. La arrastraban a una estructura de dos plantas que ella conocía muy bien, era color violeta y blanco; su casa. Los pies la enviaban a donde vivía el monstruo, entró a la casa por la fuerza y corrió a su cuarto donde se supondría que está vez estuviera a salvo. Cerró las ventanas con seguro, tranco el armario de donde comúnmente salen los monstruos, ilumino con una lámpara la parte inferior de su cama teniendo en consideración que los monstruos le temen a la luz, le puso el seguro a la puerta y fue a ocultarse bajo las sabanas. Era otra noche en la cual el monstro la atraparía, por lo menos esto ocurría 2 veces al mes y nadie sospechaba nunca. Fabiana sabía que el suicido de su hermana se debía también al mismo monstruo que la asechaba. Bajo las sabanas de princesa se ocultaba Fabiana y pronto escucho como el cerrojo se desplomo del seguro. Maldita sea otra vez el monstruo la había atrapado. Sería otra noche dura, como las otras, donde luego que el monstruo hacía de las de él, dejaría en las sabanas a una niñita llena de lágrimas por el daño inmenso que le hacía. Con aquella lengua de colibrí la atrapaba y la introducía por los recovecos de su cuerpito buscando el sabor dulce de la flor. Un monstro que hacía de las de él y luego se retiraba para así seguir su vida normal. Lo más triste y lamentable era que Fabiana tenía que soportarlo todos los días, porque además de entrometerse en sus sueños, era parte de su vida. Aquel monstruo era su padre.