miércoles, 14 de octubre de 2015

¿Ahora quien soy?

Me llamo Milagros Estela Manso Rivera viuda de Serrano. Tengo 55 años. Tengo cuatro hijos: Estela, Leonardo, María y Luis. Mis hijos viven lejos. Mi hija Milagros ya no viene a verme y María viene todos los días luego del trabajo. María es secretaria y tiene dos niños, mis nietos, Andrés de 10 años  y Antonio de 8 años. Vivo en la esquina de la calle Miosotis de la urbanización Montier. Mi esposo Ramón murió hace ya tres años de un paro cardíaco.  Recuerda ver las notas
     El mensaje provenía de un televisor que se encontraba en la habitación de Estela, una señora de 55 años. Era martes y el día se pintaba tranquilo. A las 10 de la mañana aún el cielo no guardaba nubes, parecía un inmenso mantel azul. Por otra parte Estela ya había desayunado y se tomaba una tacita de café en su mecedora, mientras recordaba lo grandes que fueron sus días. Allí en su mecedora se transportó a tiempos de antaño y se acarició aquella frágil melena blanca que caía sobre sus hombros, observó sus manos ya arrugadas y sin suavidad alguna, una lagrima rodó por su mejilla y dejo caer la taza, haciéndose añicos en el suelo. <<Vuelve Estela>> se dijo. Cuando salió del recuerdo inmediatamente fue a por un trapo en la cocina para limpiar el líquido derramado y trajo consigo la escoba y el recogedor. <<Que vieja bruta soy. Después de grande me he vuelto torpe. >> levanto los trozos de la taza y luego de limpiar, llevo los restos al zafacón. Volvió al chinero y está vez saco una taza muy antigua que era de la vajilla de su madre. Luego de llenar la taza se paró frente al refrigerador y comenzó a leer unas notitas que había allí. Algunas leían: Tienes 55 años. Tienes 2 nietos que te visitan todos los días. Les das dulce a tus nietos. Los dulces están de tras de ti y están etiquetados.
    Ya era la 1 de la tarde y Estela aún en su camisón de dormir, andaba por el patio. Su lugar era bajo la sombra de un gran flamboyán amarillo que decoraba aquel micro patio. Bajo aquel árbol había un  juego de muebles y una mesita destartalada llena de moho. Sobre la mesita estaba la taza ya vacía y Estela estaba pensativa en el sillón. Otro repentino recuerdo le saltó a la cabeza y esta vez ella se imaginaba vestida de gala en un gran salón de baile junto a grandes figuras del país. Allí se veía ella, con el traje azul que llevaba aquella noche y con el collar de perlas que acostumbraba usar, su cara bien maquillada y su peinado elegante, así se veía ella desde aquel sillón. Una sonrisa le afloro su rostro y recordó la maravillosa sensación que era sentirse admirada por todas las personas cada vez que iba a alguna fiesta o algún lugar. El recuerdo se hacía más lúcido y la música se intensifico, los pies de Estela comenzaron a verse retenidos bajo aquellas chancletas, pero esto no le fue suficiente a las míseras. Estela se desprendió de ellas y ahora, con los pies descalzos, comenzó a interpretar aquella dulce melodía que solo ella escuchaba y que le ardía de ritmo. Danzó entre las ramas y semillas caídas haciéndolas crujir bajo sus pies, dio vueltas por aquella alfombra amarilla, acaricio la suave brisa, sonrió al grandioso público que volando pasaba por allí, evoco a su difunto señor le dio las gracias y este se marchó alegre por volver a danzar con su bella dama. Alegre emprendió el camino hacia la ducha, se despojó de toda tela y aún allí la seguían las notas. Algunas notas leían: En la pluma de la ducha “izquierda-caliente y derecha- fría.” Sobre algunos envases “rojo- champú. Azul- acondicionador. Todos los papelitos estaban dispersos por la casa añadiendo datos o identificando algún objeto.
    Al llegar las 5 de la tarde, el reloj entono la melodía y Estela cerró el libro que andaba leyendo porqué llamaron a la puerta y la abrieron, dos chicos salieron corriendo hacia Estela y un ataque de pánico le llegó. De pronto no sabía dónde estaba y quien era. Que hacían aquellos dos niños allí y porque la abrazaban. Aún no llegaba María y Estela, desprendiéndose de los niños, corrió hasta la cocina a esconderse. Allí se refugió y su adrenalina se despejo, los recuerdos volvieron de inmediato y se sintió estúpida por los actos que había cometido. Fue directamente al baño y se echó a llorar por el hecho de asustarse de sus nietos. María llego hasta el baño y le pregunto si se encontraba bien. La respuesta de Estela fue.
-Sí, bajo ahora.
-Pero mami, los nenes me han dicho que saliste corriendo. ¿Segura estas bien?
-Sí, no fue nada grave es que esta mañana me comí algo y llevo todo el día con el estómago malo. Voy ahora.
-ok, te espero en la sala.
Estela se limpió las lágrimas y puso en orden sus pensamientos. Se paró frente al espejo y dijo
-Recuerda cómo te llama y quien eres. Eres Milagros Estela Manso Rivera viuda de Serrano. Que Dios te tenga en la gloria amado mío, cuanta falta me haces.- se persignó, respiró hondo y salió al encuentro. Antes pasó por la cocina y fue a buscar un frasquito lleno de dulces.  Era un frasco de cristal con una etiqueta que leía “Andrés y Antonio”. Estela extrajo dos dulces y llamo a los niños, estos fueron a la cocina y su abuela los recibió con un abrazo, una disculpa que ellos no entenderían hasta años más tarde y un premio; dulces.
-Gracias mamá.- dijeron al unísono y salieron a jugar como si nada hubiera pasado.
-Ay mami ya me estoy quedando sin bebes. Míralos que grande están. – María estaba parada en el marco de la puerta que daba al patio y veía a los niños jugar.- ¿Qué pasaría si papi estuviera vivo? ¿Jugaría con ellos?
-Esa pregunta me la hago todos los días y todos los días me la respondo. Todo sería distinto, pero ya no hay que lamentarse, pasó a mejor vida. Desde allá arriba nos protege. También sé que estaría orgulloso de ti y si estuviera vivo me lo imagino contándoles a los nenes las historias que les hacía a ustedes.  
    Como era costumbre, María y Estela, se sentaron en la sala a charlar y a tomar café. Hablando de cómo les había ido el día y conversando acerca de las noticias que siempre surgían. Siempre hablaban dos horas y uno que otro día se quedaban a cenar. Pronto María se tuvo que ir y así se despidió de su madre.
-Bendición mami. Nos vemos mañana. Cualquier cosa me llamas; Te amo.
Los niños por su parte se despidieron con un beso y un abrazo.

    Otra vez Estela se quedaba sola. Para esta la soledad no era mala, pero si lamentaba muchas cosas a la hora de estar sola. Entre cocinar, comer, ver la novela, ducharse y peinarse se le fue la tarde. Y entre esas actividades más notitas aparecían y otras más, se añadían. Llegó la hora de dormir y Estela acostumbraba ver televisión de noche, pero  ya  al as 11 de la noche sus ojos automáticamente se cerraban. Ese martes optó por apagar el televisor y hacer un esfuerzo por recordar su vida, le dio gracias a Dios y siguió recordando su juventud. Así pronto se quedó dormida sin sospechar que esa noche sería la última en la cual recordaría que se llamaba Estela y sus recuerdos ya no estarían con ella.